Enigmas sobre la arena de Nasca

Te lo repiten sin cesar apenas aterrizas en Lima, como si fuera una letanía: “Perú es mucho más que Cuzco y Machu Picchu”. Pues, sí, es posible hacer un viaje por este maravilloso país andino sin pasar obligatoriamente por el ombligo del mundo ni desembocar en el mágico Machu Picchu.

El viaje empieza, por una cuestión de aeropuerto internacional, en Lima, una capital “bella y horrible”. La ciudad ha cambiado mucho en los últimos años: se han multiplicado la gente, los coches, los neones y los tragamonedas; la plaza de Armas se ha hecho un lifting que la ha llenado de color, y los barrios de Miraflores y Barranco vibran una modernidad que se intensifica en sus restaurantes, a la última. La gastronomía peruana suspira por entrar en la élite internacional, cosa que ha conseguido en parte gracias a platos como el ceviche y a la riqueza de los productos de los Andes. Lima sería una ciudad maravillosa si no fuera por la garúa, ese manto de niebla y melancolía que la cubre de abril a diciembre, y por una superpoblación que puede agobiar. Más allá, sin embargo, del cinturón de miseria que configuran los llamados Pueblos Jóvenes (un eufemismo para los barrios de chabolas), vale la pena visitar los edificios coloniales del centro histórico, las ruinas incas de Puruchuco y el Museo del Oro, para terminar con una cena junto al Pacífico en el plácido barrio de Miraflores o una copa en los bares de Barranco.

Islas Ballestas

Si cambiamos el coche por el barco, a la salida de la bahía de Paracas un inmenso candelabro esculpido en la roca parece dar la bienvenida a los visitantes. Nadie sabe ni cuándo se hizo ni cómo; es uno más de los numerosos enigmas de Perú. Mar adentro, las islas Ballestas aparecen como unos promontorios rocosos invadidos de aves, de pingüinos, leones marinos… y de guano. Alguien las calificó de “Galápagos de los pobres”, pero las Ballestas no necesitan compararse con nada. Son en la actualidad una reserva biológica y no se permite desembarcar en ellas, aunque cada seis o siete años lo hacen los guaneros para retirar ese abono natural llamado guano. Cuando se empezó a comercializar, a finales del siglo XIX, la capa de guano era de más de 50 metros; claro que entonces 20 millones de aves poblaban las islas, y ahora, tan sólo millón y medio.

Nasca

Las líneas de Nasca, a 450 kilómetros de Lima, son el gran enigma de Perú. ¿Quién y para qué construyó esos grandes trapecios, alguno de hasta 3.000 metros de longitud? ¿Quién y para qué dibujó esas figuras animales que sólo son visibles desde el aire? Un vuelo sobre estas líneas misteriosas permite ver no sólo las bien trazadas figuras (el colibrí, el perro, el mono, el astronauta, la ballena…), sino también la gran inmensidad del desierto y el paréntesis de los valles-oasis. Johny Isla, codirector del proyecto arqueológico de Nasca, lleva ocho años estudiando este yacimiento de más de 500 kilómetros cuadrados. “Procuramos dar cuenta de todo lo que existe y datarlo”, señala, “las hipótesis no nos corresponden a nosotros”.

http://elpais.com/diario/2006/11/11/viajero/1163282896_850215.html