EN LA PLAZA DE ANDAHUAYLILLAS

Andahuaylillas, al sur de Cusco, es una parada casi inevitable en la ruta hacia Puno. Hace más de 300 años, durante la colonia esta misma ruta unía la riqueza y la miseria: la riqueza de la ruta del azogue y la plata que dejó estos caminos sembrados de iglesias representativas del barroco mestizo y pequeñas capillas perdidas en pueblos hoy “remotos”.

En ellas las paredes se llenaron de murales rebosantes de imágenes terribles del infierno y el juicio final con que los sacerdotes intentaban “convencer” a los pueblos indígenas. Marcos y altares en Pan de oro, (que han resistido a medias los robos) óleos de renombrados artistas sevillanos, y la huella de resistencia solapada de los artistas nativos cusqueños, que reinterpetaban a su modo la historia en los murales, nos han dejado en esta ruta un tesoro hermoso y escondido.

Pero también era ésta, no podemos olvidarlo, la ruta de la miseria, la que millones de mitayos (campesinos andinos que tenían al obligación de trabajar gratuitamente en la minas como una suerte de tributo colonial) debían cumplir cada año, rumbo a las terribles minas de Potosí en la actual Bolivia. Grandeza y miseria, represión y resistencia, se juntan aquí para quien quiera bucear un poco en la historia.

Pero es también una ruta hermosa para quien busque simplemente el “ lujo” de detenerse un poco, y salir de lo más típico-tópico, para dar algún día a esta parte menos conocida del Cusco. En este pueblo viví unos meses, hace veinte años y debo decir que en algunos aspectos- afortunadamente en los buenos- sigue igual, y en otros realmente mejor. Volví a la zona hace poco más de un año, un 6 de enero.

El pueblo tiene la virtud de haber conservado su encanto- y su autenticidad, y las recurrentes visitas de los autocares –que al fin y al cabo llegan y se van, no altera su cadencia de pueblo, pero quizás le permiten a su vez no decaer. Lo mejor, es que la iglesia- que recordaba bella pero a punto de desmoronarse en algunos flancos- está hoy restaurada, con ayuda de la cooperación internacional-, y el yeso blanco que antes recubría sus paredes ha develado valiosas e interesantísimas pinturas murales. Aún faltaba una hora para la usual llegada de autocares, y en la capilla de Andahuaylillas se celebraba un bautizo.

Allá estaban los padrinos –mestizos del pueblo, quizás comerciantes- echando caramelos y monedas en la puerta . Algunos pobladores llevaban sus “manuelitos”-niños jesus sentados en una pequeña silla- a bendecir, y los niños y niñas-entre ellos mis hijas- compraban chocolates sublime, o figuritas en la carretilla.

Me senté en la plaza, como hace veinte años, a ver un rato la vida pasar, bajo el cielo azul y el sol único del Cusco, el tiempo parecía detenido. Nos fuimos cuando llegaban los grandes autocares, para seguir algo más de la ruta. Andahuaylillas esel más conocido, pero los cercanos pueblos de Huaro, o Cunnicunca, albergan un verdadero tesoro,en sus pequeñas capillas, también felizmente restauradas y otros pueblos que están en proyecto, configuran en esta zona del valle una ruta con mucho potencial, la promesa de sumergirse en un día tranquilo de descubirientos,, lejos de las multitudes que a veces sacuden otras zonas de Cusco. Comprar pan o fruta, detenerse en algún punto a recorrer el río, pasear por estos pequeños pueblos, y quizás acabar el día rindiendo un homenaje al agua en el templo inca de Tipón, una excelente alternativa para viajar enritmo slow travel y una gran apuesta por conservar el patrimonio local.